Venezuela:¿La nueva Albania?

Rodolfo Montes de Oca

Ante la sordera de tirios y troyanos, Venezuela parece aproximarse a un escenario de confrontación y violencia colectiva jamás visto. Los sucesos de protesta y saqueos como los acaecidos en Cumaná, Tucupita, Petare y Mérida fueron válvulas de escape del descontento popular que amenaza con desbordarse.

Solamente en los 5 primeros meses del 2016, el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) contabilizó 254 saqueos y 641 protestas. Esta cifra equivale a 21 protestas diarias en todo el país, 37 % más que el año pasado, cuando el número llegó a 469. Sobre las cifras de protestas registradas, 172 fueron en rechazo a la escasez y el desabastecimiento de alimentos, lo que representa 320 % más con respecto a mayo del 2015. A estos sucesos, se le suma el hecho de tener la mayor inflación y contracción del salario mínimo de Latinoamérica con una caída del PIB de 9 puntos en solo un año.

Todo esto nos lleva a que el proceso de paulatina inclusión y reconocimiento de los sectores populares del país, iniciado por el teniente coronel Hugo Chávez en el 2001, se ha revertido de forma acelerada, y ha llegado incluso a tener el mismo números de personas en el umbral de la pobreza que en 1999.

A esto se le suma un descrédito y desencanto de la población con el proyecto político del mandatario. Según estudios de la encuestadora Delphos, un 80 % de la población considera negativa la gestión de Nicolás Maduro, mientras que Datanalisis estima que 94 % de la población afirma que la situación actual es mala. Por ello, es perentorio plantearnos si la actual pasividad de la oposición y la desesperante coyuntura, puede llevar a la población a ser protagonista de hechos de violencia que superen la ruptura del Caracazo. ¿Venezuela se aproxima a una rebelión anti-establishment como la protagonizada por el pueblo albanés en 1997?

Albania… ¿laboratorio de la subversión?

Para 1999, la editorial inglesa Elephant, de Jean Weir, publicó el folleto “Albania, laboratorio de la subversión”, donde desde una perspectiva informal y anarco-insurreccionalista se magnificaban los sucesos acaecidos en los Balcanes entre enero y septiembre de 1997.

Después del estancamiento cultural, político y económico que experimentó esta nación entre 1945 hasta 1992, durante el régimen de Enver Hodxa y Ramiz Alia, se produjo una brusca apertura de capitales y de comercio que fue aprovechada por empresarios y funcionarios públicos inescrupulosos para incentivar una estafa bajo el esquema Ponzi, auspiciado por el presidente Sali Berisha con la excusa de la “expansión del sistema crediticio”.

La enajenación propia del capitalismo, y la posibilidad de convertirse en ricos con pocos esfuerzos, llevó a extensos sectores de la población albanesa a invertir sus escasos ahorros e hipotecar sus bienes para participar en el esquema Ponzi. Estas empresas, ante la imposibilidad de cumplir con los altos beneficios, colapsan lo que deviene en un estallido en Tirana que se expande rápidamente hacia el interior del país.

Durante las semanas siguientes, las instituciones se desvanecieron, el Ejecutivo y su gabinete renunciaron, los soldados desertaron y la población asaltó los bunker repletos de armas construidos durante la paranoia Estalinista de sus mandatarios, para hacer justicia por sus manos y saquear los comercios.

No obstante, los partidarios del Hodxismo, trataron de aprovechar el descontento popular, organizando los “Comité de Salvación” como estructuras para-estatales para la administración pública; los cuales se vieron superados por las redes delictivas que afloraron como virus en el sur del país.

Esto llevó a que una fuerza combinada de la OTAN, compuesta por tropas de Italia, Alemania, Grecia y Estados Unidos, intervinieran para sofocar la rebelión, y ello devino en un gobierno de concertación del cual salió electo Bashkim Fino, como el primer ministro del Gobierno de “Reconciliación Nacional”.

El dantesco saldo final

Albania sigue arrastrando las secuelas de aquellos sucesos y de vivir medio siglo XX bajo una economía centralizada y minera-extractivista. Actualmente, es uno de los países más pobres y atrasados de Europa con un PIB de 9.942 M.€, la economía número 128 en un ranking de 196 países, muy por debajo de sus vecinos Macedonia, Grecia e Italia.

Se estima que más de 3800 albanos perecieron durante los sucesos, así como un número indeterminado de personas fueron heridas o quedaron con discapacidad durante los 6 meses que duró el motín. Por su parte, las pérdidas materiales sobrepasan los 200 millones de dólares, en una economía que para la época ya se encontraba pauperizada.

Muy por el contrario de lo que predicaba la izquierda, el escaso tejido social que existía y que empezó a brotar con la caída de Ramiz Alia, a través de la huelga general de 1992, se quedó estancado y el ágora fue capitalizada y monitorizada por el hampa en sus múltiples variantes.

Paradójicamente, fueron las bandas delictivas, y no los Comités de Salvación ni los militantes de los partidos comunistas y socialistas, los que lograron capitalizar el descontento popular en 1997. Agrupaciones como Gaxhai, Altin Dardha, Pusi i Mezinit y la famosa Çole de Vlore regentaban el sur del país.

Es importante recalcar que un lote importante de las armas obtenidas por la población contribuyó a fomentar el contrabando, el narcotráfico y la trata de blancas, lo que hizo de Albania el mercado negro por excelencia del Mediterráneo; otras fueron a parar a mano de grupos independentistas kosovares o chechenos. Esto quiere decir que los sucesos de Albania no solo afectaron a esta nación, sino que se extendieron a los países aledaños y causaron daños colaterales.

A esta deplorable coyuntura, se le suma que fueron los países interventores, los antiguos “adversarios capitalistas” como Italia, Francia y Estados Unidos de Norteamérica, los que lograron un repunte en sus respectivas economías al participar en la operación Alba; pues movilizaron los flujos de capital de estas naciones guerreristas a su favor.

Como podemos observar, y muy por el contrario de lo que piensan mis correligionarios, no existe nada épico detrás del saqueo como método de apropiación y de transformación política. Lamentablemente, Hodxa, como la carrera armamentista albana y la rebelión de 1997, es un episodio en los libros de historia. El saldo de aquella gesta fue perjudicial para ese país. Albania se convirtió en sinónimo de lo irracional ante la opinión pública. Hoy no queda nada de aquellos bunkers de hormigón que militarizaron Tirana, son cabinas convertidas en capillas, centros culturales y restaurantes.

¿Qué nos queda de reflexión?

A diferencia de Albania, Venezuela como país monoproductor y extractivista desmanteló sus medios de producción y abandonó por acción u omisión el campo, tal y como lo demuestra el último informe anual de Provea, en el cual se evidencia que solamente en un año disminuyó la superficie cosechada en un 10%.

En los tiempos de la República Popular de Albania, el país logró ejecutar una reforma agraria que eliminó el control de las tierras agrícolas por las antiguas familias de terratenientes y democratizó el uso de la tierra. El sueño autárquico de Hodxa, al final de sus días, aunado a una población mayoritariamente campesina, permitió que el sustento en víveres y comestibles para la población estuviese medianamente garantizado.

Asimismo, durante los sucesos de 1997, el país no solo recibió el apoyo bélico para sofocar la revuelta, sino que, a través de las resoluciones 1101 y 1114 de las Naciones Unidas, se facilitó la ayuda humanitaria que permitió que no se extendiera la escasez en la región.

Una insurrección popular, justificada o no, con las características de ingobernabilidad que caracterizó el suceso albano, solo representaría un retroceso abismal para la sociedad venezolana. Un precario tejido social, aunado al desabastecimiento producto de una economía de puerto y la incapacidad tanto del sector privado como el estadal de reponer inventario, solamente contribuirá acrecentar los niveles de hambre y marginalidad de la población.

El saldo durante los saqueos ha sido perjudicial contra el pueblo, en el primer mes del Estado de Excepción se han producido 6 muertos; y durante los sucesos de Cumaná , monitorizados por el hampa, se produjeron 400 detenciones. Con esto podemos ratificar la conclusión de que un alzamiento solo será aprovechado por los grupos delictivos, que son el único estamento de la sociedad que tiene conocimiento del uso de armas y que puede ser arisco al control gubernamental; y será la población más humilde la que pague los platos rotos.

Es evidente que el gobierno busca hacer el referéndum revocatorio el año que viene, no con la finalidad de recomponerse y continuar su proyecto, sino con el objetivo de poder negociar impunidad y las condiciones de una eventual transición que permita perdonar los fondos adquiridos de forma dolosa.

Por ello, ante una eventual sentencia del TSJ para evitar el revocatorio para este año o la posible disolución de la Asamblea Nacional, avancemos a través de la acción directa no violenta, la objeción de conciencia y el antimilitarismo a nuevos derroteros donde la libertad y la igualdad sean las improntas de nuestra sociedad.

No hay salidas fáciles a la contingencia, solo hay la certeza de que la violencia y las evasiones militares solo contribuirán al deterioro de nuestra maltrecha situación. Sigamos insistiendo con la sobriedad y el hábito del monje que la salida es por la libertad.

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